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miércoles, 9 de marzo de 2011

El trabajo infantil perpetúa la pobreza

La Sociedad es tolerante con causas ilegales que no nos dejan progresar. El trabajo infantil es una de esas actividades con las que la sociedad es complaciente, aun sabiendo que prolonga la miseria y la inequidad.

La Constitución y la Ley prohíben el trabajo infantil. Como muchas cosas en Colombia, lo ilegal es aceptado a ojos vistos. A la ilegalidad del trabajo de los niños, están atados el odioso maltrato y explotación infantil.

Según el último informe del DANE, en Colombia hay 1.628.300 niños entre 5 y 17 años que trabajan. De ellos, 786.567 laboran 48 horas o más y 841.773 trabajan en el hogar más de 15 horas. El 46,7% de los niños que trabajan lo hacen porque la familia no tiene ningún tipo de ingresos. El 16.8% labora más de 48 horas semanales. Y el 33.4% trabajan entre 48 y 25 horas.

Un menor que trabaje será un adulto sin futuro y lo acompaña la ignorancia. La mayoría de los niños que trabajan, no van a estudiar; de los menores que laboran en el campo, el 80% no va a la escuela. 

A los niños que trabajan, la miseria los rondará de por vida. El trabajo infantil perpetúa la pobreza de una sociedad. 

Y las frustraciones del infante lo acompañaran de por vida. Un niño que trabaja nunca fue niño. Y con el tiempo, pierde la alegría y la felicidad que es un derecho de los infantes. El trabajo infantil priva al niño de su niñez, no vive a plenitud la vida y la libertad propias de un infante. El Menor que trabaja lleva un dolor invisible, que lo acompañará toda la vida, por no poder haber tenido la felicidad  que le corresponde a cada niño en este mundo.

A los niños pobres los asedian todos los ilegales. Los grupos armados ilegales desde tiempo atrás ven en el reclutamiento de los niños una fuente de mano de fuerza barata y de excelente calidad para la violencia.  Las redes de pornografía y explotación sexual están al acecho y los esclavizan con dinero, alcohol y drogas. Las redes internacionales de tráfico de drogas los envician y los utilizan para el transporte y comercio de droga. En los colegios los jibaros menores abundan porque no se distinguen de sus compañeros.  Los delincuentes ven en el menor la impunidad y los inducen a cometer delitos para ellos excarcelables. Y muchos padres, desesperados por la falta de ingresos en la familia, los utilizan para que trabajen en lo que resulte.

Oigan esta cifra. El 37.6% de los infantes que trabajan no reciben ninguna remuneración, explotación pura. 842.000 menores, especialmente niñas, realizan labores de hogar permanente que no les permite estudiar ni formarse. 

Una nota importante. Cuando se habla de equidad de género no se puede ignorar una causa certera de inequidad, pues de los cerca de 846.000 menores que trabajan más de 15 horas semanales en oficios de hogar, el 77% son mujeres. Desde allí nace un severa inequidad de género.

El reclutamiento de los menores para la guerra es dramático y no termina. Unicef y Human Rigths Watch calculan que serían entre 8.000 y 11.000 los menores reclutados por paramilitares y guerrilleros. Pero el Tribunal Internacional sobre la Infancia asegura que habría más de 14.000 infantes reclutados por paras y guerrillas. 

En la ciudad de Medellin, según cifras del Ministerio de la Protección Social, trabajan 60.023 niños entre los 5 y los 17 años. De ellos, el 40 por ciento no asiste a la escuela. En Bogotá hay 106.883 niños trabajando. En Cali  67.288. En Barranquilla 48.475. En Bucaramanga 28.307 En Cartagena 26.513.

Mientras se tolere el trabajo infantil de niños y niñas, se acentuará la cadena de la pobreza y nunca se superará la inequidad.

Es urgente crear un ambiente de legalidad propicio para que todo niño y niña se desarrolle hacia el progreso individual y de la sociedad. Si, que un niño que trabaje es ilegal, y tenemos 1.6 millones de menores trabajando y violando las normas, no solo seguimos el camino de perpetuar la pobreza y la inequidad, sino también, que estamos construyendo una cultura de la ilegalidad que se puede carcomer la institucionalidad. Si lo ilegal vale, estamos perdidos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

¿Dónde habitan los delincuentes?

Las ciudades se están volviendo más importantes que el estado mismo. La concentración de la economía y la urbanización en las ciudades, las vuelve el corazón de la nación y un símbolo de progreso para la gente. Por eso, todos reclaman el derecho a venirse a la ciudad. 

Y los delincuentes no se quedan atrás. Ven que el negocio del delito es próspero en las ciudades, donde el segmento de mercado para sus fechorías es ilimitado. Y ya prefieren las ciudades.

Para ser prósperos en su ilegalidad, los delincuentes imponen tres estrategias que les permite actuar con comodidad en el espacio urbano: la violencia, el pánico y el miedo. Donde estas estrategias, que atemorizan y silencian a la ciudadanía, son exitosas los delincuentes empiezan a salir de sus madrigueras y pasan a habitar espacios más visibles para expandir su criminalidad.

Los delincuentes habitan donde no hay autoridad. Donde muere la autoridad, o donde la autoridad se vuelve débil, los delincuentes progresan, engordan y actúan a ojos vistos.

Los delincuentes habitan en los lugares donde no se sientan perseguidos, aunque por allí se pasee ocasionalmente la policía y las autoridades. Los ilegales habitan donde encuentran connivencia con sus fechorías.

A los delincuentes les interesa una ciudad de desplazados, de vagabundos; una ciudad nómada, atemorizada, sin cohesión social. Por eso, cada desplazado urbano o intraurbano, es un éxito para la ilegalidad. Los delincuentes empujan hacia el nomadismo urbano porque les gusta habitar en las ciudades nómadas.

En una sociedad dominada por el pánico y por el miedo, el ciudadano no confía en las autoridades, considera un riesgo personal alertar a la policía, y prefiere protegerse con su propio silencio. Y sin la ciudadania, la policía se va degradando cuando se distancia de los ciudadanos de bien porque aumenta el riesgo de acercarse a los ciudadanos del mal. Los delincuentes habitan donde logran un distanciamiento entre el ciudadano de bien y la policía.

La falta de autoridad es un imán para los delincuentes. El miedo de la gente es otro imán para atraer a los delincuentes. El miedo nace de no sentirse protegido por las autoridades y del creciente espacio que los ilegales logran en la ciudad. Como en la antigua polis griega, el ciudadano debería cumplir funciones de alerta policial, pero como la gente esta dominada por el miedo y por el pánico, el silencio forzado le impide cumplir esa función.

Ante tanta ilegalidad y ante poca autoridad, la ciudadanía se torna connivente con bandas y delincuentes. La actividad ilegal se hace a ojos vistos pero nadie denuncia porque no hay garantía de que las autoridades sean exitosas. 
Cuando los delincuentes se consolidan en un territorio, pueden disminuir la violencia, pero siempre acrecientan el miedo y el pánico entre los ciudadanos, para perpetuar su impunidad. Los delincuentes buscan territorios donde la legitimidad de la autoridad está cuestionada.
Estamos construyendo ciudades generosas con los delincuentes. Se sabe donde habitan los delincuentes, pero las autoridades no los ven. Se sabe dónde se cobran “vacunas” y extorsiones. Se conoce dónde se vende la droga. Se conocen los territorios urbanos que están escriturados a los ilegales. Se ven en torres de energía del estado símbolos que señalan que una banda delincuencial domina un territorio público determinado. Se sabe que la delincuencia es dueña de calles y territorios completos. Se sabe que hay delincuentes dueños de semáforos que cobran vacunas a quienes se instalen cerca. Se sabe que mucha parte del espacio público se los han repartido los ilegales a ojos vistos. 

Y todo ayuda a propagar la ilegalidad urbana. Pareciera que la Autoridad se ha vuelto ciega; La sociedad civil no denuncia por miedo y pánico y  la policía no ve o no va por donde habitan los delincuentes.

Algo está muy mal. No siente la ciudadanía que hayan estrategias de las autoridades para evitar que las ciudades queden en manos de la delincuencia. Se entroniza en los territorios urbanos una cultura de la ilegalidad apropiada para que prospere la delincuencia. La ciudad parece cómoda para ser delincuente. Ya hasta parece honroso ser delincuente. Muchos ilegales ya ni se esconden, actúan a ojos vistos y se sienten orgullosos de su condición. Ser delincuente da jerarquía social en su barrio. Les da respeto. Los hace ver superiores. Ser delincuente se está convirtiendo en un degradante título de nobleza. 
Los delincuentes están construyendo lentamente la Ciudad del Pánico. Están avanzando en la Ciudad del Miedo. Ciudad del amedrentamiento. Miedo y Pánico son dos estrategias favoritas de la delincuencia.

La Ciudad necesita Autoridad y Mano Firme de los gobernantes contra los delincuentes. Necesita un examen severo a la eficacia de la Policía. Necesita ciudadanos libres con garantías para alertar sobre el delito. Necesita erradicar el divorcio entre el Ciudadano de bien y la Policía. La ciudad necesita una policía que no se deje conmover por la delincuencia.
La Paz de Colombia se inicia con la paz en las ciudades. Si no derrotamos la impunidad urbana, la delincuencia arrasará con la legalidad en las ciudades.

martes, 22 de febrero de 2011

El invierno contra los pobres


El país no ha dimensionado la magnitud de la catástrofe que ha producido el invierno. En pobreza, Colombia ha retrocedido más de 10 años.
De los 32 departamentos, 20 están en crisis por los estragos del invierno. Medio país incomunicado por una infraestructura vial que resultó muy frágil contra el invierno. En las laderas se mueve sin compasión la tierra y en los plano se extiende sin murallas el agua y las inundaciones.
Municipios enteros están en agonía y otros han desaparecido. Gramalote en Santander se quedó sin habitantes. A muchos municipios se los ha tragado la tierra y a otros el agua. Innumerables seres humanos muertos bajo los escombros para siempre pues ni siquiera han sido rescatados. La tragedia de la Gabriela en Bello, nunca se esclarecerá porque aunque se encontraron 80 cadáveres, nunca se sabrá cuántos quedaron bajo la tierra. En las costas, poblados enteros cubiertos por el agua parecen la extensión del mar; pueblos enteros con el agua hasta los techos.
Cerca de dos millones de damnificados y 500.000 familias afectadas. En el pasado, Colombia ocupó el segundo lugar en el mundo por los desplazados por la guerra. Hoy somos los primeros en el mundo por los desplazados del invierno. Los desplazados por el invierno dejan, apurados sus casas, sus tierras, sus culturas, sus pertenencias antes de que el invierno les quite hasta la vida. Y salen al desierto de las ciudades, sin nada, a sobrevivir en la aridez del desempleo y la pobreza.
Sufre el país y sufren los pobres que son los primeros golpeados por la lluvia inclemente. Los pobres son los más frágiles frente al invierno y  se ha acrecentado la pobreza. Los pobres han quedado más pobres y con necesidades de supervivencia inmediata que los hace sufrir más.
Se estima que se necesitan más de 10 millones de millones pesos para rehacer los estragos materiales del invierno, y las lluvias aún no paran. Y sin contar los intangibles culturales de regiones enteras que desaparecen, ni los males de quienes pierden la educación, o los empleos, o sus tierras, o su salud, o sus pertenencias.
El Presidente Santos ha mostrado una diligencia y una sensibilidad que nos da energía a los colombianos para ser más solidarios. La Reconstrucción de Colombia por los estragos del invierno merece normas especiales asi como se crearon contra la violencia. Asi como el Presidente Santos nombró funcionarios de excelencia para su gobierno, asimismo debería designar un grupo de dirigentes muy inteligentes que lideren la reconstrucción del país. 
Mientras el gobierno trabaja en la solución inteligente de los estragos, los ciudadanos del común tenemos que exteriorizar nuestra solidaridad y nuestro aporte a tantos colombianos que sufren y se han quedado sin nada por causa del invierno.